Fox Stinger: Génesis
Capítulo
1: Asedio al campamento
Los sueños.
Cuando soñamos unimos nuestros anhelos, pasiones, preocupaciones, incluso
la imaginación creando mundos que pensamos que no existen pero que forman
parte de cada uno de nosotros. Cada individuo, cada ser humano de nuestro mundo
que creemos real, crea su propio universo, un mundo alternativo con sus propios
personajes de fantasía. No obstante, esos sueños se pueden convertir
en pesadillas que pueden amenazar la propia existencia humana y de nuestro mundo
real.
Era el año
2002. La mayoría jóvenes que no sobrepasaban los veinte años,
se hallaban en un descampado en medio de un bosque donde se veían unas cabañas.
Todos estaban en fila, como si estuvieran en el ejército. Aquel lugar estaba
destinado para que fueran probados tanto física como intelectualmente y,
después, vendría un arduo entrenamiento.
-Estoy nervioso.
Creo que esto me va a quedar grande- susurraba un chico a otro que estaba a su lado.
-¡Callaos!
- gritó el que parecía un sargento paseándose por toda la fila
de un extremo a otro y con cara de pocos amigos-. Aquí van a sufrir, a ser
probados en todos los sentidos. Dependiendo de sus cualidades o habilidades serán
llevados a determinadas secciones - informaba el hombre de mediana edad, negro,
estirado, con el cabello rasurado y musculoso como casi todos allí.
-¡Señor!
¡Una pregunta! - irrumpió un joven.
El superior
se le acercó y se detuvo enfrente de él para propinarle un puñetazo
en el estómago que le hizo caer al suelo casi sin respiración.
-¡No me
gusta que me interrumpan! ¡Cuándo pregunte si alguien tiene dudas podrá
hablar y si le doy permiso, mientras no. ¡¿Estamos?! - gritaba escupiendo.
El joven que
fue derribado, se levantó taponándose la nariz que le sangraba en
abundancia. Los que lo vieron todo no se explicaban cómo le salía
sangre por la nariz cuando le dio un puñetazo en la boca del estómago.
Al tener dificultad en incorporarse, pues se encontraba un poco mareado, el muchacho
de su lado izquierdo le ayudó.
-¡Eh,
tú! - exclamó el sargento con voz fuerte-. ¡¿Quién
te ha dicho que le puedes ayudar?!
-Nadie pero...-
rebatió el muchacho con voz tímida.
-¡¿Cómo
has dicho?! - le preguntó de nuevo alzando aún más la voz.
-¡He dicho
que nadie! - declaró el muchacho gritando y con las facciones de su cara
mostrando enojo.
-Insolente.
¡¿Y porqué le ayudas?! - cuestionaba mirándole de frente
mientras sujetaba a su compañero.
-Porque hay
que ayudar a los débiles, además somos humanos y no...
Sin avisar,
el sargento lanzó un golpe al joven ayudador. Sin embargo, lo esquivo...
Rápidamente el superior lo volvió a intentar siendo otra vez esquivado.
Algunos de la fila que lo vieron se quedaron atónitos y asustados por las
posibles consecuencias de los actos de éste que se rebelaba.
-¡¿Cómo
te atreves?! - dijo con la cara roja, lleno de rabia-. ¡Poner en ridículo
a un superior!
-Con todos mis
respetos, el ridículo se lo ha puesto usted solo...
-¡¿Cómo
te llamas?! - continuaba hablando a gritos.
-¡Stinger!
- respondió del mismo modo, aún sosteniendo al joven.
-Te prometo
Stinger, que tu entrenamiento y tu vida aquí serán peores que en el
mismísimo infierno... - se le aproximó al oído y le susurró
amenazante-. Me ocuparé personalmente de que sea así.
El que se apoyaba
en Stinger escuchó la terrible amenaza. Stinger empezó a tener miedo
pero no lo exteriorizó.
Después
de lo sucedido, el superior ordenó a un grupo, en el que estaba Stinger,
que marcharan a la casa que llevaba una cartulina roja. Se fueron allí y
entraron. En su interior vieron literas y, más al fondo, las duchas.
-Este sitio
es una mierda. Esto está en un campo perdido en algún lugar remoto
de la Tierra sin posibilidad de escapar - se quejaba un chico.
-Va a ser muy
duro. ¿Saldremos de aquí vivos? - reflexionaba otro joven, delgado
y aparentemente débil.
-Yo no quería
venir. Me han obligado. Como no hay mucho trabajo a causa de los Genéticos
y dicen que hay que luchar contra ellos, no me han dado opción. Dicen que
con este curro se gana mucha pasta...
-No es para
tanto, aunque estoy seguro que la mayoría de los que estamos aquí
hemos venido obligados de alguna manera - expuso otro chico de más de veinte
años, fuerte y blanco de piel.
De pronto hubo
un silencio ensordecedor.
-Pues yo no
sé cómo he llegado hasta aquí - rompió Stinger el congelado
silencio.
-¿Y cómo
es eso? - le preguntaron varios y poniendo atención a la respuesta.
-Tengo ligeros
recuerdos. Era como un sueño. Me encontraba en la cama de un hospital. Sentía
miedo. Creo que me iban a operar. Todo se puso oscuro y de repente estoy tumbado
en un camión militar sin recordar nada de mi pasado.
-Qué
extraño - se metió en la conversación un hombre bastante corpulento,
acercándose a Stinger con la mano extendida-. Me llamo Juan Pedro.
Juan Pedro era
el más mayor del grupo. Veintidós años, de ojos y cabellos
negros, algo moreno de piel, la nariz chata como de boxeador, medía un metro
ochenta y dos y tenía una cicatriz en el labio inferior. Vestía con
una camiseta negra ajustada, pantalones militares de color negro y unas botas de
suela muy gruesa.
-Yo soy Stinger.
-Ya, lo has
dicho antes. Has sido muy valiente al ayudar a ese chico. Has sido el único
que ha tenido el valor de rebelarse.
-No, no he sido
valiente, tenía miedo pero fue injusto lo que le hizo y no tolero las injusticias
y a aquellos que se aprovechan de los más débiles.
-¿En
serio? Bueno, no eres el único que tiene miedo, aunque veas a mucha gente
enorme, llena de músculos y de fuerte carácter, en el fondo también
sienten miedo.
Luego regresó
el silencio. Stinger escogió la litera situada al lado de la litera de Juan
Pedro. Sin saber la razón, Stinger observó que nadie quería
estar a su lado, así que dejó de preparar su cama y se dirigió
a donde Juan Pedro.
-¿Sabes?
Me pillo la cama de abajo.
Juan Pedro se
quedó sorprendido. Le miró y sonrió.
-Gracias Stinger.
-¿Porqué?
Supongo que lo dirás porque te gusta la cama de arriba, ¿no?
Juan Pedro recordó
cómo Stinger esquivó los ataques del rabioso sargento, además
su historia le parecía muy rara. Comenzó a observarle. Le llamó
la atención su físico. Casi todos los que había allí
eran delgados o fuertes, sin embargo, este muchacho era panzón, sin demasiada
masa muscular... Stinger le miró y este apartó la vista con rapidez
y emprendió a hacer la cama.
De súbito,
sonaron ruidos de metralletas, de balas por todas partes y de gente gritando. Los
muchachos se quedaron en el interior de la cabaña sin saber qué hacer.
No salieron por temor a morir. Stinger miró a su alrededor y, en un impulso,
se dirigió hacia la puerta. Juan Pedro, que vio las intenciones de Stinger,
le siguió. En él nació un sentimiento de protegerle, pues había
sido el único en ofrecer su amistad sin prejuicios.
Stinger abrió
la puerta con la ayuda de un tipo que la abrió violentamente desde fuera.
Detrás de este entraron unos cuantos más. Vestían con trajes
oscuros, ceñidos al cuerpo los cuales se apreciaba la fuerza que podían
tener; una metralleta en sus manos y, en sus rostros, una máscara antigas.
Al entrar, Stinger
hizo frente a uno de ellos. Se quedó paralizado y, de un manotazo, el enemigo
lo elevó por los aires, haciéndole chocar contra la pared de madera.
Juan Pedro hizo
lo mismo. Él era más difícil de derrotar, aún así
cayó tras ser paralizado. Los demás no se atrevieron a hacer nada.
Al rato lanzaron un gas en el que todos quedaron inconscientes.
¿Qué
querrán esos tipos? ¿Podrán Stinger y Juan Pedro mantenerse
con vida? ¿Qué sorpresas les aguarda?
No te pierdas
el Capítulo 2: Terror en la fortaleza.
Continuará...
Esta historia
es un relato original creado por Fox Stinger (M.N.Z.)