Acerca de mí.
No soy Beatriz de Mesina... Pero puedo ser tan ácida y corrosiva como ella. Y si no, que se lo pregunten a Wayfarer... Pero, como casi siempre, todo es mucho ruido y pocas nueces.

Navegación
Página principal
Archivos

Amigos
Wayfarer
No Se Encuentra
Pandora Music

Archivos
Previous
01 nov 2008
01 ago 2006
01 abr 2006
01 feb 2006
01 ene 2006
01 dic 2005
01 nov 2005
01 oct 2005
01 sep 2005
01 ago 2005
01 jul 2005
01 jun 2005
01 may 2005
01 abr 2005
01 mar 2005
01 feb 2005
01 ene 2005
01 dic 2004
01 nov 2004
01 oct 2004
01 sep 2004
01 ago 2004
01 jul 2004
01 jun 2004
01 may 2004
01 abr 2004
01 mar 2004
01 feb 2004
01 ene 2004
Next

Categorías
Actualidad
Delirios
Historias
Musica
Opinion
Peliculas
Personal
Trucos
Viajes

www.flickr.com

Créditos
Blogger
Blogskins
Layout

Beatriz de Mesina/Female/21-25. Vive en Spain/Madrid/Móstoles/Hospital, habla Spanish. Pasa 20% del día contectado/a. Usa una conexión de Fast (128k-512k). Y le gusta Baile/Cine.
Este es mi blogchalk:
Spain, Madrid, Móstoles, Hospital, Spanish, Beatriz de Mesina, Female, 21-25, Baile, Cine.

Viernes, 16 de Enero, 2004

Fox Stinger: Génesis

Capítulo 1: Asedio al campamento

Los sueños. Cuando soñamos unimos nuestros anhelos, pasiones, preocupaciones, incluso la imaginación creando mundos que pensamos que no existen pero que forman parte de cada uno de nosotros. Cada individuo, cada ser humano de nuestro mundo que creemos real, crea su propio universo, un mundo alternativo con sus propios personajes de fantasía. No obstante, esos sueños se pueden convertir en pesadillas que pueden amenazar la propia existencia humana y de nuestro mundo real.

Era el año 2002. La mayoría jóvenes que no sobrepasaban los veinte años, se hallaban en un descampado en medio de un bosque donde se veían unas cabañas. Todos estaban en fila, como si estuvieran en el ejército. Aquel lugar estaba destinado para que fueran probados tanto física como intelectualmente y, después, vendría un arduo entrenamiento.

-Estoy nervioso. Creo que esto me va a quedar grande- susurraba un chico a otro que estaba a su lado.

-¡Callaos! - gritó el que parecía un sargento paseándose por toda la fila de un extremo a otro y con cara de pocos amigos-. Aquí van a sufrir, a ser probados en todos los sentidos. Dependiendo de sus cualidades o habilidades serán llevados a determinadas secciones - informaba el hombre de mediana edad, negro, estirado, con el cabello rasurado y musculoso como casi todos allí.

-¡Señor! ¡Una pregunta! - irrumpió un joven.

El superior se le acercó y se detuvo enfrente de él para propinarle un puñetazo en el estómago que le hizo caer al suelo casi sin respiración.

-¡No me gusta que me interrumpan! ¡Cuándo pregunte si alguien tiene dudas podrá hablar y si le doy permiso, mientras no. ¡¿Estamos?! - gritaba escupiendo.

El joven que fue derribado, se levantó taponándose la nariz que le sangraba en abundancia. Los que lo vieron todo no se explicaban cómo le salía sangre por la nariz cuando le dio un puñetazo en la boca del estómago. Al tener dificultad en incorporarse, pues se encontraba un poco mareado, el muchacho de su lado izquierdo le ayudó.

-¡Eh, tú! - exclamó el sargento con voz fuerte-. ¡¿Quién te ha dicho que le puedes ayudar?!

-Nadie pero...- rebatió el muchacho con voz tímida.

-¡¿Cómo has dicho?! - le preguntó de nuevo alzando aún más la voz.

-¡He dicho que nadie! - declaró el muchacho gritando y con las facciones de su cara mostrando enojo.

-Insolente. ¡¿Y porqué le ayudas?! - cuestionaba mirándole de frente mientras sujetaba a su compañero.

-Porque hay que ayudar a los débiles, además somos humanos y no...

Sin avisar, el sargento lanzó un golpe al joven ayudador. Sin embargo, lo esquivo... Rápidamente el superior lo volvió a intentar siendo otra vez esquivado. Algunos de la fila que lo vieron se quedaron atónitos y asustados por las posibles consecuencias de los actos de éste que se rebelaba.

-¡¿Cómo te atreves?! - dijo con la cara roja, lleno de rabia-. ¡Poner en ridículo a un superior!

-Con todos mis respetos, el ridículo se lo ha puesto usted solo...

-¡¿Cómo te llamas?! - continuaba hablando a gritos.

-¡Stinger! - respondió del mismo modo, aún sosteniendo al joven.

-Te prometo Stinger, que tu entrenamiento y tu vida aquí serán peores que en el mismísimo infierno... - se le aproximó al oído y le susurró amenazante-. Me ocuparé personalmente de que sea así.

El que se apoyaba en Stinger escuchó la terrible amenaza. Stinger empezó a tener miedo pero no lo exteriorizó.

Después de lo sucedido, el superior ordenó a un grupo, en el que estaba Stinger, que marcharan a la casa que llevaba una cartulina roja. Se fueron allí y entraron. En su interior vieron literas y, más al fondo, las duchas.

-Este sitio es una mierda. Esto está en un campo perdido en algún lugar remoto de la Tierra sin posibilidad de escapar - se quejaba un chico.

-Va a ser muy duro. ¿Saldremos de aquí vivos? - reflexionaba otro joven, delgado y aparentemente débil.

-Yo no quería venir. Me han obligado. Como no hay mucho trabajo a causa de los Genéticos y dicen que hay que luchar contra ellos, no me han dado opción. Dicen que con este curro se gana mucha pasta...

-No es para tanto, aunque estoy seguro que la mayoría de los que estamos aquí hemos venido obligados de alguna manera - expuso otro chico de más de veinte años, fuerte y blanco de piel.

De pronto hubo un silencio ensordecedor.

-Pues yo no sé cómo he llegado hasta aquí - rompió Stinger el congelado silencio.

-¿Y cómo es eso? - le preguntaron varios y poniendo atención a la respuesta.

-Tengo ligeros recuerdos. Era como un sueño. Me encontraba en la cama de un hospital. Sentía miedo. Creo que me iban a operar. Todo se puso oscuro y de repente estoy tumbado en un camión militar sin recordar nada de mi pasado.

-Qué extraño - se metió en la conversación un hombre bastante corpulento, acercándose a Stinger con la mano extendida-. Me llamo Juan Pedro.

Juan Pedro era el más mayor del grupo. Veintidós años, de ojos y cabellos negros, algo moreno de piel, la nariz chata como de boxeador, medía un metro ochenta y dos y tenía una cicatriz en el labio inferior. Vestía con una camiseta negra ajustada, pantalones militares de color negro y unas botas de suela muy gruesa.

-Yo soy Stinger.

-Ya, lo has dicho antes. Has sido muy valiente al ayudar a ese chico. Has sido el único que ha tenido el valor de rebelarse.

-No, no he sido valiente, tenía miedo pero fue injusto lo que le hizo y no tolero las injusticias y a aquellos que se aprovechan de los más débiles.

-¿En serio? Bueno, no eres el único que tiene miedo, aunque veas a mucha gente enorme, llena de músculos y de fuerte carácter, en el fondo también sienten miedo.

Luego regresó el silencio. Stinger escogió la litera situada al lado de la litera de Juan Pedro. Sin saber la razón, Stinger observó que nadie quería estar a su lado, así que dejó de preparar su cama y se dirigió a donde Juan Pedro.

-¿Sabes? Me pillo la cama de abajo.

Juan Pedro se quedó sorprendido. Le miró y sonrió.

-Gracias Stinger.

-¿Porqué? Supongo que lo dirás porque te gusta la cama de arriba, ¿no?

Juan Pedro recordó cómo Stinger esquivó los ataques del rabioso sargento, además su historia le parecía muy rara. Comenzó a observarle. Le llamó la atención su físico. Casi todos los que había allí eran delgados o fuertes, sin embargo, este muchacho era panzón, sin demasiada masa muscular... Stinger le miró y este apartó la vista con rapidez y emprendió a hacer la cama.

De súbito, sonaron ruidos de metralletas, de balas por todas partes y de gente gritando. Los muchachos se quedaron en el interior de la cabaña sin saber qué hacer. No salieron por temor a morir. Stinger miró a su alrededor y, en un impulso, se dirigió hacia la puerta. Juan Pedro, que vio las intenciones de Stinger, le siguió. En él nació un sentimiento de protegerle, pues había sido el único en ofrecer su amistad sin prejuicios.

Stinger abrió la puerta con la ayuda de un tipo que la abrió violentamente desde fuera. Detrás de este entraron unos cuantos más. Vestían con trajes oscuros, ceñidos al cuerpo los cuales se apreciaba la fuerza que podían tener; una metralleta en sus manos y, en sus rostros, una máscara antigas.

Al entrar, Stinger hizo frente a uno de ellos. Se quedó paralizado y, de un manotazo, el enemigo lo elevó por los aires, haciéndole chocar contra la pared de madera.

Juan Pedro hizo lo mismo. Él era más difícil de derrotar, aún así cayó tras ser paralizado. Los demás no se atrevieron a hacer nada. Al rato lanzaron un gas en el que todos quedaron inconscientes.

¿Qué querrán esos tipos? ¿Podrán Stinger y Juan Pedro mantenerse con vida? ¿Qué sorpresas les aguarda?

No te pierdas el Capítulo 2: Terror en la fortaleza.

 

Continuará...

 

Esta historia es un relato original creado por Fox Stinger (M.N.Z.)