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No soy Beatriz de Mesina... Pero puedo ser tan ácida y corrosiva como ella. Y si no, que se lo pregunten a Wayfarer... Pero, como casi siempre, todo es mucho ruido y pocas nueces.

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Beatriz de Mesina/Female/21-25. Vive en Spain/Madrid/Móstoles/Hospital, habla Spanish. Pasa 20% del día contectado/a. Usa una conexión de Fast (128k-512k). Y le gusta Baile/Cine.
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Spain, Madrid, Móstoles, Hospital, Spanish, Beatriz de Mesina, Female, 21-25, Baile, Cine.

Jueves, 06 de Mayo, 2004

Fox Stinger: GÉNESIS 2.0

Capítulo 17: El sueño. ¿Stinger es Orimá? ¿Y quién es Mario?

Tras derrotar a Abisso, Juan Pedro y Stinger, junto a Tarsis, marcharon hacia donde Ely. Antes de que se reunieran con ella, Ely despertó en el suelo rodeada de los cadáveres de aquellos que debía proteger. Una sombra de ojos rojos se le apareció diciendo cosas inverosímiles. Cuando llegaron los demás, esta sombra se esfumó. Juan Pedro le reprochó la muerte de las personas y el que pusiera excusas tontas. Se dirigieron al motel y allí Tarsis les contó su procedencia, parte de su misión y, sobre todo, de Stinger. Juan creyó que estaba loca. Al contrario que Ely quien no dudó de sus palabras, mientras que Stinger no supo qué pensar.

-¿Qué hora es? - preguntó Stinger entre bostezos.

-Es más de medianoche. ¿Porqué? - quiso saber Juan Pedro.

-Me piro a dormir. Hoy ha sido un día agitado.

Stinger se fue a la pieza, se dejó caer sobre la cama, como si pesara una tonelada, y se durmió al instante. Comenzó a tener otro sueño.

Se ubicaba en una casa, la misma que soñó tiempo atrás. Se ocultaba el sol, que se reflejaba en las paredes de su habitación al chocar con las ventanas de otros edificios. Él estaba tumbado en la cama, cerca de la ventana. No se encontraba bien, se le veía mala cara. Tenía calor y sudaba levemente. Un perrito, de color blanco y canela, se acercó. En su frente tenía un triángulo blanco boca abajo con el resto canela. La mascota se subió a la cama de un salto, poniéndose cerca de los pies de Stinger. Luego se aproximó a la cabecera para lamerle la cara, posando una de sus patas delanteras en el vientre. Bruscamente le echó de la cama, haciendo que el perrito cayera al suelo con violencia al resbalarse con sus patas traseras.

-Perdona Dusty. ¿Te he hecho daño? - le preguntaba oyéndose con eco.

Seguidamente entró una mujer, también la misma del sueño anterior. Aún continuaba viéndola borrosa, sin lograr discernir su rostro.

-Cariño, ¿qué tal estás? - dijo la mujer con tono de preocupación, poniéndole la mano en la frente -. Parece que tienes un poco de fiebre.

-Me siento mal. Me duele la tripa.

-Voy a prepararte un zumo de naranja. ¿Quieres?

-Bueno... - contestó sin ganas.

La mujer se fue y Stinger, que en el sueño se llamaba Orimá, miraba la habitación. En la pared, la que quedaba a sus pies, había pósters de unos dibujos japoneses, su súper héroe preferido y único. Un súper guerrero. También de una famosa caza vampiros, de pelo rubio e insinuantes curvas. Él, Stinger, observaba boca arriba, así que giró su cabeza a la izquierda y vio un escritorio. El cuarto era pequeño, pues detrás de él, más bien de su cabeza, se hallaba el armario con algunos cajones en la parte inferior. Al lado, otro mueble. En la parte de arriba había una alacena. Un poco más abajo una estantería con diversos discos en CD y unos cuantos videojuegos. Yendo al centro de ésta, se veía la consola, el vídeo y la televisión e inmediatamente debajo, cuatro largos cajones. A su derecha, empezando desde arriba, estanterías llenas de libros y CD's, tanto de música como programas de ordenador.

La mujer regresó al cuarto con el vaso de zumo de naranja. Stinger se sentó, dándole mareos. Le dolía mucho el vientre. Se lo tomó y su madre, en el sueño, se volvió a ir. Stinger se tumbó de nuevo. Al rato se presentó la chica con el perrito, que la perseguía. Este no pudo contenerse y, otra vez, pegó un salto para subirse a la cama, acurrucándose, haciéndose casi una bola, entre las piernas, por los tobillos.

-Me ha dicho mamá que te duele la tripa - dijo la joven.

Stinger se esforzaba por ver la cara pero no lo conseguía, era demasiado borrosa.

-Sí, es un dolor extraño y agudo. Ya no aguanto más.

-Pero ¿dónde te duele exactamente? - indagaba su hermana.

-Toda la tripa - dijo Stinger, señalando la parte inferior derecha del vientre.

La madre entró de nuevo.

-¿Qué pasa?

-Dice que le duele ahí - explicaba indicando el lugar donde señalaba Stinger -. A lo mejor es apendicitis - conjeturó la chica.

El perrito se fue al suelo mirándole desde allí.

-Si sigue así mañana, vamos al médico - decidió la madre.

-No puedo aguantar a mañana, vamos al hospital - dijo adolorido, sufriendo.

Tanto la chica como la madre miraron el reloj. Eran las dos de la madrugada.

-Es muy tarde. ¿Me acompañas a llevarle? - ultimó la madre.

Las dos salieron de la pieza para arreglarse y dejar que Stinger, Orimá en el sueño, hiciera lo mismo. El perrito se quedó de perfil fuera del cuarto, frente a la puerta y con la cabeza girada hacia Stinger.

-¿Qué pasa, Dusty? - preguntó tiernamente y con arrepentimiento.

El perrito le miraba fijamente. Poco después giró la cabeza hacia el frente y se marchó. Cuando los tres salieron por la puerta, este se mantuvo de pie viendo como se cerraba, y, posteriormente, se tumbó apoyando la cabeza sobre sus patas delanteras.

De pronto se ubicaba en el hospital, en un cuarto independiente. Yacía sobre una camilla. Al lado, una doctora le hacía una ecografía.

-Está claro. Es el apéndice - dictaminó la doctora -. Hay que operarle.

La doctora salió, dejando solos a la madre y al hijo.

-Tengo miedo - manifestó la madre con preocupación -. Por lo de la sangre.

-No te preocupes mamá, nos ha dicho que no es una operación complicada. Ya verás como todo sale bien...

A continuación irrumpió una enfermera para tomarle una vía para introducirle, a través de la vena, calmante para los dolores y suero, poniéndoselo en la parte superior de la mano.

-¿Puedes caminar? - preguntó la enfermera.

-Sí, creo que sí.

De estar tumbado cambió su posición a sentado, preparado para ponerse en pie. La camilla era algo alta en cuanto a la distancia entre ésta y el suelo. Menos mal que permanecían al lado su madre y la enfermera para sostenerle.

-Espera muchacho, voy a traerte una silla de rueda.

Stinger se sentó, una vez más, sobre la camilla. Pasaron unos minutos hasta que vino la enfermera con la silla. Así que se puso en pie, aún mareado, y se sentó. Seguidamente se fueron a un pasillo en donde esperaron. Cuatro personas más esperaban sentadas en una sala de espera. Dos adultos con la que parecía ser su hija y un anciano que estaba en los asientos de enfrente, algo retirado.

Con el olor a hospital, le daban náuseas. Sin poder evitarlo, vomitó el zumo de naranja. Lo hizo con tal presión que incluso le salió de la nariz. Una enfermera, al verlo, buscó un cubo y una fregona y lo limpió.

-Perdona - dijo Stinger

-Nada, tú tranquilo.

De súbito, ahora se encontraba tumbado en una camilla, vestido con un pijama azul de hospital, más bien parecía un trozo de tela, en el que se le veía el trasero. No obstante, al entrar a quirófano, se lo quitaron, dejándole desnudo.Le cambiaron de camilla, tapándole con un material algo rígido con una tela negra debajo para recubrir sus partes íntimas. Mirando al techo, notaba como una sustancia blanca y acuosa, se introducía por sus venas. Le pusieron una mascarilla y le pidieron que respirara profundamente. Unos de los anestesistas le preguntó que qué tal los estudios. Stinger respondía que había suspendido todo, percibiendo que poco a poco se quedaba dormido. Llegó la oscuridad. Mas Stinger despertaba de aquel sueño.

-¡No me extraña que tenga ese panzón! ¡Duerme más que las mantas! - oía Stinger quejarse a Ely.

-Déjale. No está acostumbrado a esas cosas como nosotros - replicaba Juan Pedro en defensa de su amigo.

-Pues sí que tiene poco aguante el niño - reprochaba enojada.

Por su parte, Tarsis observaba a Stinger muy de cerca. Con la cabeza apoyada encima de sus brazos y sentada en el suelo, le sonreía.

-He contemplado tu sueño.

-Tarsis... ¿Quién es él? ¿Quién es Orimá?

-No te inquietes. Espero que pronto lo descubrirás por ti mismo.

-¿Sabes? Eres muy singular. Me cuesta creer lo que nos has contado. Lo que dices sobre mí. No me conoces - hizo una pausa seguida de un casi silencioso suspiro -. Oye, ¿cuántos años tienes?

-Qué directo - contestó entre risas -. Más de los que podrías imaginar.

-Vale, lo que tú digas. Voy a lavarme por que Ely ya se está quejando.

-¡¿Porqué le defiendes tanto?! ¡¿Acaso estás enamorado de él o qué?! - vociferaba Ely.

-Ya estoy despierto - dijo somnoliento y con mal humor -. Deja de gritar como una energúmena. Tenemos mucho que hacer.

-¡Ja! ¡Y encima se pone chulo! ¡Lo del mocoso este es increíble! ¡¿Quién se cree que es?!

Yendo al baño, Stinger no se encontraba muy pletórico. La cabeza le daba vueltas y tenía el estómago revuelto. Llegó al servicio. Se lavó la cara y se miró al espejo de enfrente.

-Vaya, qué cara tengo. Parezco un zombi - se decía a sí mismo mirándose al espejo.

-¡Orimá! ¡Mario! ¡Mario! - escuchaba una voz dentro de su cabeza.

-¡¿Eh?! - exclamó agitando la cabeza -. ¿Qué me pasa? ¿Quién es Mario? Debo estar alucinando. Entre Tarsis, que cuenta cosas de ficción, y estos ridículos sueños, me voy a volver majara.

¿Porqué ha escuchado el nombre de Mario? ¿Quién es y por qué le viene a la mente? ¿Obtendrá algún día las respuestas a todas las cuestiones que Tarsis ha lanzado al aire? ¿A qué nuevos peligros se enfrentaran?

No te pierdas la semana que viene el Capítulo 18: Entrada clandestina a La Organización. Sección: Mathril.

Continuará...

Esta historia es un relato original protegido y creado por Fox Stinger(M.N.Z.)

Nota: Si alguna palabra no es comprendida por el lector, visite el sitio web de la Real Academia de la Lengua Española.